La Acción Católica, nacida específicamente después de 1848, era muy diferente de la actual, reorganizada por Pío XI *. La posición originaria de la Acción Católica, después de 1848 (y en parte también en el período de incubación que va de 1789 a 1848, cuando surge y se desarrolla tanto el hecho como el concepto de nación y patria; devenido elemento ordenador --intelectual y moralmente--, de las grandes masas populares, en competencia victoriosa con la Iglesia y la religión católica), puede ser caracterizada extendiendo a la religión católica la observación hecha por un historiador francés, a propósito de la monarquía "legitimista", y de Luis XVIII; quien no logró persuadirse de que, en la Francia posterior a 1815, la monarquía debía tener un partido político específico para sostenerse.
* Pío XI (Achille Ratti, 1857-1929), Arzobispo de Milán, elegido Papa en 1922, en el momento de la más violenta reacción fascista, aceleró la tendencia de la política del Vaticano a la alianza con el fascismo, realizando así la obra comenzada por su antecesor Benedicto XV. Con el abandono del partido Popular, por esa época próximo a su disolución, y el refuerzo de la Acción Católica, se preparó para extraer el máximo beneficio de la política de Mussolini, para el cual urgía el apoyo de las masas católicas. La alianza entre la Iglesia y el régimen fascista fue sancionada definitivamente mediante el Concordato firmado el 11 de febrero do 1929. (N. del T.).
Todos los razonamientos efectuados por los historiadores católicos (y las afirmaciones apodícticas [irrefutables] de los pontífices en las encíclicas) para explicar el nacimiento de la Acción Católica y para relacionar esta nueva formación con movimientos y actividades "siempre existentes", desde Cristo en adelante, son falaces en extremo. Después de 1848, en toda Europa (en Italia la crisis asume la forma específica y directa del anticlericalismo y hasta de la lucha militar contra la Iglesia) la crisis histórico-político-intelectual es superada con la neta victoria del liberalismo (entendido más como concepción del mundo que como una particular corriente política) sobre la concepción cosmopolita y "papal" del catolicismo. Antes de 1848 se formaban partidos más o menos efímeros y surgían personalidades que luchaban individualmente contra el catolicismo; después de 1848 el catolicismo y la Iglesia "deben" poseer un partido propio para defenderse y para retroceder lo menos posible. No puede hablar más (de otra manera que oficialmente, ya que la Iglesia jamás confesará la irrevocabilidad de tal estado de cosas) como si estuviesen persuadidos de ser la premisa necesaria y universal de todo modo de pensar y de obrar. Muchos hoy no logran convencerse de que ello pudo ser así alguna vez. Para dar una idea del hecho se puede ofrecer el siguiente modelo: hoy nadie puede pensar seriamente en fundar una asociación contra el suicidio (es posible que en algún lugar exista una organización de este tipo, pero se trata de otra cosa), ya que no existe ninguna corriente de opinión que trate de persuadir a los hombres (y lo logre, aunque sea parcialmente), de que es necesario suicidarse en masa (si bien han existido individuos y también pequeños grupos de hombres que han sostenido tales formas de nihilismo [escepticismo] radical, me parece que en España). La "vida" es, evidentemente, la premisa necesaria de toda manifestación de vida.
El catolicismo ha desempeñado tal función y de ello quedan abundantes rastros en el lenguaje y en los modos de pensar, especialmente de los campesinos. Cristiano y hombre, son sinónimos, o mejor son sinónimos cristiano y "hombre civilizado" ("--¡No soy cristiano! --¿Y entonces qué eres?, ¿una bestia?"). Los presos dicen todavía "cristianos y presos" (en Ustica, primera sorpresa cuando al arribar el vaporcito se escuchaba decir a los presos: "Son todos cristianos, no son más que cristianos, no hay ni siquiera un cristiano"). Los carceleros, en cambio, dicen más comúnmente: "ciudadanos y detenidos", o burlonamente, "soldados y civiles", aunque los meridionales digan también "cristianos y detenidos". Sería así interesante estudiar toda la serie de pasajes histórico-semánticos a través de los cuales en el francés de "cristiano" se ha obtenido "crétin" (de donde proviene el término italiano "cretino") y directamente "grédin" [bribón]. El fenómeno debe ser similar a aquel por el cual "villano" de "hombre de campo" ha concluido por significar "screanzato" [malcriado, grosero] y directamente "gaglioffo", [bribón, bellaco] y "mascalzone" [sinvergüenza]; es decir, el nombre "cristiano" empleado por los campesinos (de algunas regiones alpinas, me parece) para indicarse a sí mismos como "hombres", en algunos caso de acentos locales, se ha separado del significado religioso y ha corrido la misma suerte que "manant" [villano]. Quizás también el ruso krestianin, [campesino], tiene el mismo origen, mientras "cristiano" en el sentido religioso, forma más culta, ha mantenido la aspiración del X griego (en sentido despreciativo se decía mujik). Esta concepción debe ser vinculada también al hecho de que en algunos países donde los Hebreos no son conocidos, se cree o se creía que tenían cola y orejas de cerdo o algún otro atributo animal.
El examen histórico crítico del movimiento de Acción Católica puede dar lugar, analíticamente, a diferentes series de investigaciones y estudios.
Los congresos nacionales. Cómo son preparados por la prensa central y local. El material oficial preparatorio: informes oficiales y de la oposición.
La Acción Católica ha sido siempre un organismo complejo, aún antes de la constitución de la Confederación blanca del Trabajo y del Partido popular *. La Confederación del Trabajo era considerada orgánicamente una parte constitutiva de la Acción Católica, no así el Partido popular, aunque lo era de hecho. Más que por otras razones, la constitución del Partido popular fue aconsejada por considerarse inevitable, en la posguerra, un avance democrático; al cual era necesario dar un órgano y un freno, sin poner en peligro la estructura autoritaria de la Acción Católica, oficialmente dirigida en forma personal por el Papa y los obispos. Sin el Partido popular y las innovaciones en sentido democrático producidas en la Confederación sindical, el impulso popular habría subvertido toda la estructura de la Acción Católica, poniendo en cuestión la autoridad absoluta de las jerarquías eclesiásticas. La misma complejidad se verificaba y se verifica todavía en el campo internacional; aún cuando el Papa representa un centro internacional por excelencia, existen de hecho algunos centros que funcionan para coordinar y dirigir el movimiento político y sindical católico en todos los países; como el Oficio de Malines que ha compilado el Código Social y el Oficio de Friburgo ** para la acción sindical (es preciso verificar la funcionalidad de estos centros luego de los cambios ocurridos en los países germánicos, además de Italia, en el campo de la organización política y sindical católica).
* El Partido Popular italiano surge como fruto de la labor del sacerdote Luigi Sturzo y la forzada benevolencia del Vaticano en junio do 1919, teniendo como objetivo principal impedir que las masas italianas, especialmente loa campesinos, fuesen atraídas por el socialismo, en un momento de grandes conmociones sociales. Puede considerarse el antecesor directo del actual Partido Demócrata Cristiano Italiano. (N. del T.).
** La Unión Internacional de Friburgo (Suiza) fue constituida a fines del siglo pasado con el fin de ofrecer un punto de encuentro de todos aquellos sectores católicos que exigían un cambio en la política del Vaticano, sorda a los reclamos sociales del ya fuerte movimiento obrero de la época. Con el mismo fin surgió en 1920 la Unión Internacional de Estudios Sociales en Malines (Bélgica), que publicó en 1927 el Código Social al que se refiere Gramsci y que más comúnmente es conocido por el nombre de Código de Malines. (N. del T.).
Desarrollo de los congresos. Argumentos puestos en el orden del día y argumentos omitidos para evitar conflictos radicales. El orden del día debería resultar de los problemas concretos que se han destacado entre un congreso y el que le sigue y de las perspectivas futuras más que de los puntos doctrinarios en torno a los cuales se forman las corrientes generales de opinión y se reagrupan las fracciones.
¿Sobre qué base y con qué criterios son escogidas y renovadas las direcciones? ¿Sobre la base de una tendencia doctrinaria genérica, dando a la nueva dirección una confianza genérica, o por el contrario, esto sucede después que el congreso ha fijado una dirección concreta y precisa de actividad? La democracia interna de un movimiento (es decir, el mayor o menor grado de democracia interna, de participación de los elementos de base, en la decisión y en la fijación de la línea de actividad) se puede medir y juzgar también y quizás especialmente en esta proporción.
Otro elemento importante es la composición social de los congresos, del grupo de los oradores y de la dirección electa, en relación a la composición social del movimiento en su conjunto.
Relación entre las generaciones adultas y las juveniles. ¿Los congresos se ocupan directamente del movimiento juvenil, que debería ser la mayor fuente de reclutamiento y la mejor escuela para el movimiento, o dejan a los jóvenes pensar por sí mismos?
¿Qué influencia tienen (tenían) en los congresos las organizaciones subordinadas y subsidiarias (o que deberían ser tales) como el grupo parlamentario, los organizadores sindicales, etc.? ¿A los diputados y a los jefes sindicales se los ubica en los congresos en una posición especial desde un punto de vista oficial y orgánica o solamente de hecho?
Más que en las discusiones de los congresos es necesario detenerse en el desarrollo que tuvieron en el tiempo y en el espacio los problemas concretos más importantes: la cuestión sindical, la relación entre el centro político y los sindicatos, la cuestión agraria, las cuestiones de organización interna en todas sus diversas interferencias. Toda cuestión presenta dos aspectos: cómo ha sido tratada teórica y técnicamente y cómo ha sido afrontada prácticamente.
Otra cuestión es la de la prensa en sus diversos aspectos, cotidiana, periódica, folletos, libros. Centralización y autonomía de la prensa, etc. La fracción parlamentaria: tratando acerca de una determinada actividad parlamentaria, es decir, tener presentes algunos criterios de investigación y de juicio. Cuando el diputado de un movimiento popular habla en el Parlamento (o un senador en el Senado), pueden existir tres o más versiones de su discurso: 1) La versión oficial de los Diarios de sesiones, que habitualmente es revisada y corregida y frecuentemente edulcorada post festum; 2) La versión de los periódicos oficiales del movimiento al cual pertenece oficialmente el diputado. Tal versión es preparada por el diputado de acuerdo con el corresponsal parlamentario, con el fin de no herir ciertas susceptibilidades de la mayoría oficial del partido o de los lectores locales y de no crear obstáculos prematuros para determinadas combinaciones en curso o deseadas; 3) la versión de los periódicos de otros partidos o de los llamados órganos de la opinión pública (periódicos de gran difusión), que es realizada por el diputado de acuerdo con los respectivos cronistas parlamentarlos, con el fin de favorecer determinadas combinaciones en curso. Tales periódicos pueden variar de un período a otro según los cambios ocurridos en las respectivas direcciones políticas o en los gobiernos. El mismo criterio puede ser extendido al campo sindical, a propósito del modo de interpretar determinados acontecimientos, o también a la dirección general de la organización sindical dada. Por ejemplo: la "Stampa", el "Resto del Carlino", el "Tempo" (de Naldi) sirvieron algunos años de caja de resonancia y de instrumento de combinaciones políticas tanto a los católicos como a los socialistas. Un discurso parlamentario (o una huelga, o una declaración de un jefe sindical) socialista y popular, era presentado a sus lectores bajo una cierta luz, mientras que la presentación cambiaba cuando opinaban los órganos católicos o socialistas. Los periódicos populares y socialistas --por ejemplo-- directamente callaban a su público ciertas afirmaciones de sus respectivos diputados que tendían a tornar posible una combinación parlamentario-gubernativa de las dos tendencias. Es indispensable también tener en cuenta las entrevistas otorgadas por los diputados a los otros periódicos y los artículos publicados en ellos. La homogeneidad doctrinaria y política de un partido puede ser puesta a prueba partiendo de este criterio: cuáles direcciones son favorecidas por los afiliados de este partido en su colaboración con los periódicos de otra tendencia o con los órganos de la opinión pública. A veces, las disensiones internas se manifiestan sólo de la siguiente forma: los disidentes escriben en otros periódicos, artículos firmados o no, dan entrevistas, sugieren motivos de polémicas, se hacen provocar para verse "obligados" a responder, no desmienten ciertas opiniones a ellos atribuidas, etc.
miércoles, 15 de julio de 2009
domingo, 28 de junio de 2009
DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII AL SEÑOR RAÚL YRARRÁZAVAL,NUEVO EMBAJADOR DE CHILE ANTE LA SANTA SEDE* Sábado 29 de diciembre de 1951
Señor Embajador:
Cual símbolo de una esperanza, tan lisonjera como rica en promesas, recibimos hoy a un Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Chile, cuyo ilustre apellido es el mismo de aquel que, bajo el pontificado de Nuestro Predecesor de santa memoria Pío IX, tuvo el honor de ser el primer representante diplomático de su país ante esta Sede de Pedro; a una personalidad que, en los mismos términos con que ha acompañado la presentación de sus Cartas Credenciales, ha dejado va entrever los nobles sentimientos con que da principio a su alta misión.
Son afectos brotados espontáneamente del conocimiento de aquellos íntimos vínculos que unen al fiel pueblo chileno con esta Santa Sede; vínculos que es imposible separar de su historia, desde los días en que aquel remoto «confín del mundo» se abría a los ojos atónitos de los atrevidos descubridores, hasta. los tiempos más recientes, cuando, por ejemplo, el nombre de Chile recorría en triunfo la vieja Europa en el verbo facundo de un gran chileno y un gran prelado: Don Ramón Ángel Jara, obispo de La Serena.
Pero estos lazos, Señor Embajador, sabe perfectamente Vuestra Excelencia que no significan sólo una tradición nobilísima; toda la parte sana de su pueblo los concibe justamente como una función actual, viva y vivificante, de la que fluyen insustituibles impulsos morales hacia una gradual, y al mismo tiempo vigorosa, solución de los problemas que agobian hoy a la humanidad bajo todos los cielos.
Como descendiente de alguien que, con los audaces conquistadores, holló entre los primeros la tierra chilena y fue consiguientemente testigo, no sólo de la epopeya que mereció ser cantada en estrofas inmortales, sino también de la pacífica conquista realizada por los soldados de la Cruz, Vuestra Excelencia sabe comprender perfectamente la parte predominante que jugaron las ansias misioneras de la Madre Patria en la formación espiritual de aquellos numerosos países de América que, como el noble pueblo chileno, se precian de haber recibido de ella la verdadera Religión y la lengua y cultura hispánicas.
Como aprovechado alumno de la Universidad Católica de su espléndida capital, ha podido penetrarse íntimamente de las ideas y de los sublimes fines que entrañan la concepción cristiana del Estado y de la ordenación social.
Como experto organizador, finalmente, en las filas de «Pax Romana» y de la Acción Católica, ha podido profundizar en la doctrina y en las metas espirituales que la Iglesia se propone, sacando del Santo Evangelio el vigor necesario para combatir en favor de una paz, que haga justicia a todos los pueblos y les allane los caminos del auténtico progreso.

Ahora aquí, en la Eterna Ciudad, sucediendo a su insigne predecesor, se abre a Vuestra Excelencia un nuevo campo de trabajo donde podrá, conseguir méritos imperecederos para el verdadero bien del pueblo chileno —tan próximo siempre a. Nuestro corazón y tan continuamente presente en Nuestras preocupaciones pastorales—, contribuyendo a que las enseñanzas que emanan de esta Cátedra apostólica, se difundan más y más y en círculos cada vez más amplios del pueblo chileno, y promoviendo su fiel y vigorosa, actuación.
Ninguna nación —sean los que sean su desarrollo histórico, su posición geopolítica, su estructura social o las riquezas de su suelo— tiene nada que temer para su autoridad y para su prosperidad sana y fecunda, de la aplicación, incluso integral, de los principios de vida cristiana en los individuos y en la sociedad.
Cuanto de mayor libertad goce la Iglesia para llevar el Evangelio de Cristo a la educación de la juventud en todos sus grados, al perfeccionamiento de la vida de familia y a la formación del ambiente social y de caridad, tanto más hacedera le resultará la adaptación de sus cuidados pastorales a las necesidades urgentes —y hasta ahora por desgracia no satisfechas— de amplios sectores sociales del pueblo, haciendo crecer igualmente cada vez más en todos el sentido de la solidaridad; el Estado ganará en prestigio moral y en la voluntad de resistir a las fuerzas disolventes que quieren poner en peligro sus cimientos más sólidos y fundamentales.
Ninguna cosa Nos podría servir de mayor satisfacción que el poder comprobar que en la tierra chilena se deja campo libre a esta función maternal de la Iglesia, superando todas las divisiones de los partidos. Porque cuando la Iglesia consigue ejercitar su benéfico influjo, automáticamente se difunde un clima donde el amor de patria y el ansia de progreso y de justicia social estrechan —con verdadero espíritu religioso— una fecunda alianza, cuya dinámica evolución abrirá al porvenir de la nación una fuente inagotable de bendiciones.
De las opiniones diversas y de las tendencias políticas antagónicas entre católicos —aunque querramos considerarlas como un simple hecho humano explicable y acaso hasta inevitable— no podría no seguirse una dolorosa desgracia: la de que los hijos de una misma fe lleguen a olvidar, sin que les sirva de despertador la inminente amenaza de los enemigos de Jesucristo, el ineludible deber que tienen de permanecer unidos, aun a costa del sacrificio de algún punto de vista personal, para defender su creencia común y para proteger a su común Madre, la Iglesia, contra los asaltos de la negación religiosa.
Nuestro pensamiento vuela todavía. un momento a su hermoso país, que en su misma dilatada extensión parece llevar la promesa de todo bien natural; y en su privilegiada posición se diría haber sido reservado como rincón donde pudieran refugiarse para siempre la belleza, la gentileza, y hasta la suavidad del aire que lo orea.
¡Qué el Señor le conceda también los dones espirituales que Nos, en estos solemnes momentos, le deseamos!
Con profundo reconocimiento por sus manifestaciones en favor de la labor, que continuamente Nos ocupa, en pro de una progresiva distensión y pacificación entre las clases sociales y las naciones, enviamos Nuestro cordial saludo al Excelentísimo Señor Presidente de la República y a los miembros de su Gobierno, mientras que, invocando las gracias del Omnipotente y la protección de la Virgen del Carmen, «Reina de Chile», sobre este amadísimo pueblo, damos de todo corazón a Nuestros hijos, a Nos unidos por la fe y el amor, la Bendición Apostólica.
* AAS 44 (1952) 184-186.
La Santa Sede reconoce la Independencia de Chile
Catedral y Palacio Arzobispal de Santiago hacia 1800.Un 13 de abril de 1840 el Vaticano reconoce oficialmente la independencia de Chile, gracias a las gestiones realizadas por Francisco Javier Rosales, encargado de negocios en Roma. Se establece un "modus vivendi" que dura hasta 1880 para resolver sobre los nombramientos de obispos.
Ya en esta época existen en el país 460 clérigos y 546 frailes.
LÁMINAS
Una vez que el Papa reconoció de hecho la Independencia de Chile, erigió al obispado de Santiago, elevó a Catedral la Iglesia Metropolitana, independiente del arzobispado de Lima, y creó además los obispados de La Serena y Ancud. En la imagen Catedral y Palacio Arzobispal de Santiago hacia 1800.
La Independencia de Chile fue reconocida oficialmente por la Santa Sede durante la administración del Presidente Joaquín Prieto Vial el 13 de abril de 1840, pero con reparos, debido a que se mantenía el ejercicio del Patronato, concesión Papal otorgada a los Reyes Católicos, en un momento crucial de la vida europea.
El Patronato defendía el derecho del monarca a mantener su tuición sobre la Iglesia como una concesión papal, lo que Chile dejó establecido en su Constitución de 1833, continuando con las atribuciones regalistas que venían ejerciendo los monarcas españoles al momento de producirse la independencia.
Este criterio lo compartían las nacientes Repúblicas americanas, quienes sentían que sus gobiernos eran herederos jurídicos de la monarquía castellana y, por lo tanto, detentadores autorizados de todas sus regalías.
En los países, recientemente independizados, la pugna jurídica adquirió caracteres de tirantez verdaderamente apasionada, mientras tanto, en Chile, Andrés Bello López buscó una fórmula conciliadora: "El Gobierno proponía los candidatos a los cargos vacantes, y el Papa proveía la lista de acuerdo con el Gobierno, pero este último invocando al Patronato, extendía los nombramientos".
A su vez, la Iglesia gozaba de autoridad y privilegios aun en el orden temporal, los sacerdotes eran sólo justiciables ante los tribunales eclesiásticos; la constitución civil de la familia se regía por el Derecho Canónico y estaba sometida a la jurisdicción de los obispos, sólo era permitido en el país el culto católico. En cambio, el Gobierno tenía intervención en el nombramiento de los prelados, y las leyes de la Iglesia sólo eran obligatorias en virtud del consentimiento del poder civil.
El negociador
Con todos estos argumentos el Gobierno de Prieto designó como Encargado de Negocios ante la Santa Sede a Francisco Javier Rosales, quien tuvo como misión no sólo el obtener el reconocimiento de la Independencia de Chile, sino también la subrogación del Patronato por parte del gobierno chileno.
En la propuesta de Rosales, el Vaticano vio la oportunidad de recobrar su derecho y el Papado pugnó por liberarse de la injerencia Estatal en los asuntos eclesiásticos, al cambiar las circunstancias históricas que motivaron el establecimiento del Patronato.
La Iglesia consideró la "sugerencia filial", aportada por Bello, como una muestra de colaboración.
Finalmente las largas gestiones efectuadas por Rosales tuvieron éxito cuando el Papa reconoció de hecho la Independencia de Chile, y erigió al obispado de Santiago, siendo elevada a Catedral la Iglesia Metropolitana, independiente del arzobispado de Lima, y creó además los obispados de La Serena y Ancud.
Pero rechazó el Patronato, aceptando el "pase constitucional", como se llamó a la figura protocolar de la "Súplica Filial". Sin embargo, la Santa Sede insistió que estas actuaciones las hacía de motus propio, es decir, sin el reconocimiento de la figura del Patronato.
Este sistema permaneció sin mayores problemas hasta el Gobierno de Domingo Santa María González, el Presidente "de las leyes laicas".
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